Sexo egoista

¿Nunca os ha pasado que una mala sesión de sexo os haya dejado de mal humor para toda una semana? Ya es deprimente no salir exultante de una noche de pasión, para que encima tengas que llevarte un disgusto a cuestas.

Me sucedió una vez, siendo muy jovencita, que después de estar coqueteando con un chico con un físico espectacular y súper simpático más de dos meses, conseguimos encontrar el momento ideal, después de muchas oportunidades perdidas, para terminar un día de cena y copas juntos en la misma cama. Los dos habíamos estado bebiendo demasiado y del flirteo a empezar a meternos mano en el rincón de una champanería, no dejamos pasar mucho tiempo.

Tan poco, que los amigos enseguida nos echaron del local entre risas para que no nos desnudáramos delante de ellos. El había bebido mucho más de lo que sus hormonas debieron permitirle y al llegar a mi casa ya se lanzó en plancha hacia la cama no pudiendo casi ni desabrocharse el pantalón. Como ninguno se planteó más preliminares enseguida estábamos sin ropa y metidos en faena a besos y mordiscos. Con una potente erección en un miembro impresionante lo primero que intentó fue que me sentase encima sin protección ninguna, a lo cual, por supuesto, me negué. Teniendo claro que él no llevaba, salí enseguida corriendo a por mi cajita de preservativos porque sé de sobra lo que nunca debo hacer aunque me ciegue la pasión. Para mi desgracia había olvidado reponerlos de la última vez así que lamentándome de algunas de las cosas que no íbamos a poder hacer, volví a la cama con idea de continuar por vías alternativas. Pero al llegar comprobé que su “entusiasmo” ya se había venido abajo y que empezaba a dormirse. Así que arremetí contra su boca y volvimos a besarnos con idea de retomar la situación más o menos donde la habíamos dejado. Pero él insistía de mil maneras y posturas distintas en lo único que quería hacer sin dejar lugar a ninguna otra opción. Mi estado de ánimo ya había cambiado de divertido y excitado a un poco mosqueada ya que su obcecación ni siquiera iba acompañada de camelos y formas simpáticas. Más bien se había posicionado en plan vago, queriendo todo el tiempo ser complacido y sólo a su modo. Pero al fin y al cabo, me gustaba tanto, y me había costado tantas adversidades llegar hasta allí que aguanté un poco más esperando algún cambio de actitud. Convencido por fin de que no íbamos a follar, pasó a requerir mis lametones para que levantara su libido totalmente abatida por el alcohol. Sin embargo como tampoco hubo forma de conseguirlo aunque también insistiera un buen rato, pasó después a pedirme que lo intentara con mis manos, terminando por tener que probar con las suyas sin obtener tampoco resultado alguno. En ningún momento se había preocupado por mí, ni por darme ningún tipo de placer. El romanticismo había huido de su cuerpo junto con su ropa interiory el sueño era lo único que le estaba conquistando a pasos agigantados. Cuando ya apenas era capaz de articular palabra y los ojos se le cerraban, mi cabeza entró en la disyuntiva de echarle a patadas o dejar que se durmiera. Pero viéndole tumbado en mi cama, con aquel fabuloso pelo negro rizado, esos abdominales dignos de un deportista de élite y aquellos perfectos labios carnosos que me habían traído loca tanto tiempo, opté por acostarme junto a él y disfrutar al menos de un sueño reparador abrazada a aquel cuerpazo.

Por la mañana debió levantarse recordando lo que había sucedido entre nosotros, o mejor dicho, lo que no había sucedido, porque optó sabiamente por vestirse y marcharse sin despertarme. Pero eso sí, me dejó una nota: “Por favor, no le cuentes a mis amigos lo que pasó anoche.”

Omito deciros que no hemos vuelto a vernos y además yo ya no tengo ninguna ilusión a la vista de lo claro que me quedó lo único por lo que él tenía interés: el mismo. Y yo prefiero disfrutar de un buen sexo compartido.

 

 

* Ilustración de Francisco Asencio

 

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