Aventuras juveniles II – San Valentín

¿Un San Valentín se puede estropear por un simple regalo? Pues parece que a Amy LaBelle sí.

Hace mucho, mucho tiempo, cuando aún las tiendas de juguetería erótica no estaban por todas partes y a las mujeres nadie nos enseñaba a disfrutar de nuestra sexualidad, yo ya era una adolescente inquieta y juguetona que soñaba con explorar el mundo del placer sola o acompañada.

San Valentín
Ilustración de Francisco José Asencio Ibáñez

Por aquel entonces, yo tenía un noviete con el que había empezado a hacerlo y con el que pasaba las tardes de los sábados de fiesta en fiesta. Aunque si había suerte y sus padres se iban al pueblo de fin de semana, a veces también podíamos pasar juntos las noches y la fiesta era aún mejor. En esas andábamos, cuando nos llegó el mes de febrero y celebrar San Valentín nos pareció lo más adecuado. Con la fortuna de que nos coincidió en uno de esos sábados en los que podíamos contar con la casa de sus padres, por lo que preparamos todo para disfrutar de una maravillosa noche de amor muy hormonado. Él se ocuparía de comprar algo de comida rápida, además de alquilar una peli porno y conseguir más preservativos, y yo me buscaría algo de ropa de interior que él nunca hubiese visto y llevaría unas velas aromáticas para ambientar. Aunque en realidad lo que yo me había propuesto era sorprenderle con un regalo muy excitante para ambos.

Habíamos terminado la cena cuando él sacó una pequeña cajita envuelta en papel dorado. Para mi asombro, su gentil romanticismo le había llevado a regalarme un anillo con su nombre grabado, así como con la fecha de nuestro primer encuentro sexual. En aquel momento me pareció delicado explicarle que no suele ser esa la fecha que se graba en un regalo así, pero comprendí que por su parte, había sido un detalle muy bonito a la vez que sexy, y tampoco sería necesario explicarle a nadie nunca que esa no era exactamente la fecha de nuestro aniversario. También había traído varias cajas de condones de diversos sabores con las que sus colegas le habían asegurado que yo me volvería loca y que no pararía hasta haberlos probado todos. Cuando llegó el turno de darle mi regalo, saqué una caja de zapatos muy bien envuelta. Su primera reacción obviamente fue pensar que le regalaba unas zapatillas deportivas y su sonrisa se expandió de oreja a oreja. Al levantar la tapa de la caja y ver un enorme vibrador de color morado su gesto cambió de inmediato y su enfado se hizo el protagonista de aquella celebración. ¡Con lo que yo había tenido que ahorrar para comprarlo!

Hace mucho, mucho tiempo, los hombres solo entendían de competitividad en el terreno sexual y cualquier pene que no fuera el propio suponía una afrenta a su virilidad. Aquel que además de motorizado era más largo y grueso que el suyo, fue un insulto para su inmaduro cerebro. Aquella noche de San Valentín no terminó nada bien para nosotros puesto que no hubo forma de que entendiese el valor que aquel juguete aportaría a nuestra intimidad. Sin embargo yo no desistí y un par de semanas después, de nuevo en la tranquilidad del hogar paterno, fui capaz de enseñarle a disfrutar con el poder que sobre mi cuerpo le daba aquel vibrador cuando lo manejaban sus manos. No le gustaba nada hablar de eso con sus amigos pero siempre que podíamos no dudaba en sacarlo para nuestros juegos más lujuriosos.

Por desgracia, aún hoy sigue sucediendo y hay quien no ha entendido todavía que en una relación sexual todo suma si los dos lo aceptan. Yo, después de muchos años, aunque he cambiado de pareja muchas veces lo que sigo es aportando juegos y juguetes en todos mis momentos íntimos. Lo que me recuerda que tengo que pensar qué llevarme para mi cita de esta noche especial.

 

 

 

 

 

 

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