¿Qué hago contigo?

¿Qué hago contigo? Déjate llevar. Una tarde de otoño puede terminar muy bien con una buena sesión de sexo y placer con juguetes eróticos. Nuevo relato de Amy LaBelle.

Algunas tardes de sábado se me hacen muy aburridas cuando no he previsto ningún plan con antelación y la lluvia del otoño entra en escena. Reconozco que esta es la estación del año que más me deprime quizás por hacerme entender que al buen tiempo y a las vacaciones hay que esperarlas varios meses aún. Así que el fin de semana pasado, decidí ponerle la venda a la herida y llamé a un amigo para que pasara la tarde conmigo. “Sofá, cena y lo que surja”. Esa fue mi invitación. Y Pedro llegó tan predispuesto y guapo como en ocasiones anteriores y oliendo a ese perfume con notas de sándalo que sabe que me pone a cien.

Unas copitas de vino, y enseguida empezó a pasarme las aceitunas de su boca a la mía. Esos besos salados dieron paso a los sabores más dulces de sus lametones en mis pezones y de los míos en su cuello. Y, de repente, sin haber llegado aún a la cena nos pasamos, desnudos ya, del tirón a mi dormitorio que, iluminado por las cuatro velas que yo había encendido nada más oírle tocar el timbre, nos llamaba a gritos.

-¿Qué hago contigo hoy? Me gustaría cambiar un poco nuestra rutina…

Ilustración de Francisco José Asencio Ibáñez.

Y, abriendo el primer cajón de la mesilla, comencé a sacar mi arsenal de juguetes pensando en hacerle disfrutar lo más posible. Le ofrecí tumbarse boca abajo y dejé caer sobre su espalda el aceite ya caliente de mis velas de masaje. Sus gemidos de placer eran para mí de lo más erótico. Sentada desnuda sobre su culo, mis manos subían y bajaban por su espalda deslizándose con la fuerza justa para escucharle suspirar. Tras unos minutos de sensual calentamiento Pedro quiso darse la vuelta para poder observar todos mis movimientos, que era lo único que le había advertido que podría hacer hasta que yo ordenase lo contrario. Yo estaba de pie junto a la cama. Me miró algo sorprendido pero con una sonrisa pícara al verme sacar el gloss brillante del bolso y pintarme los labios. Con él todavía no lo había utilizado, pero puedo afirmar que le gustó porque al acercar mi boca a su sexo totalmente erecto, y sentir el efecto frío dejó escapar un leve quejido al que siguió una risita nerviosa y la intención de incorporarse para dominar el juego. Solamente hicieron falta un par de minutos para tenerle ya por completo excitado, y entonces volviendo a cambiar mi postura, me subí a la cama y me arrodillé entre sus piernas. Así podía manipular perfectamente el masturbador masculino y que me viera hacerlo. El iba comentando mis jugadas y anticipándome el placer que seguro yo iba a darle. Le puse bien de lubricante e introduje con destreza su pene en aquel juguete. El movimiento de mis manos consiguió que Pedro cerrase los ojos y se dejase llevar, mientras aquel masajeador le hacía sentir el placer de una succión intensa. No pudo evitar acompasar mi ritmo con sus caderas pero le avisé de que no podía correrse porque yo también quería recrearme con su erección. Tras unos minutos de disfrute se lo quité y a cambio, con la boca, le puse un preservativo con estrías.

-¡Levántate que ahora te toca a ti!

 Y apoyándome contra la mesilla le ofrecí todas mis ganas de tenerle dentro. Algo que por supuesto aceptó de buen agrado y con energía.

El sábado terminó estupendamente bien para lo que tenía planeado al levantarme, aunque la lluvia estuviera toda la noche golpeando la ventana de mi dormitorio.

 

 

 

 

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