Pies, para qué os quiero

Cuando me dijo que iba a venir a mi casa a darme un repaso muy especial y que lo único que yo tenía que poner de mi parte eran las ganas de disfrutar y un cuerpo perfectamente aseado hasta la punta del dedo gordo del pie, pensé que quizás la última vez le había dado mala impresión alguna parte del mismo. Y aunque yo soy la primera que sabe que la higiene corporal es básica cuando el sexo está de por medio, como habíamos tenido un encuentro tan rápido como fortuito, igual se quedó con ganas de algo por culpa del momento. Pero no era exactamente eso.

Ilustración de Francisco Asencio

Llegó con muchas ganas de dedicarme tiempo, algo que me pareció estupendo porque mis últimas veces habían sido sesiones bastante igualadas. Y oye, siempre es maravilloso que alguien quiera agasajarte y no tengas que preocuparte de si estás siendo egoísta o no. En cuanto le abrí la puerta, comenzó a obsequiarme con caricias y besos en el pequeño recorrido desde la entrada hasta mi cama y allí me desnudó con dulzura casi por completo, dejándome nada más que la camisola larga de estar por casa para que no tuviese frío. Ya tumbada, sacó de una bolsita un aceite comestible con el que comenzó a darme un masaje suave por las piernas que terminó centrándose enseguida en mis pies. Con la intensidad justa y mirándome a los ojos, me masajeaba los dos pies con minuciosidad y ternura. Decidida a concentrarme en disfrutar cerré los ojos y empecé a sentir sus dedos amasando mis plantas y el placer se apoderó de todo mi cuerpo. Me iba hablando de cuánto le excitaban los pies de las mujeres mientras me cogía uno por uno cada dedo y los acariciaba con auténtico deseo. De repente pasó a lamerlos, con sutileza y esmero. Estoy segura que en otro contexto yo habría sido incapaz de contener las carcajadas por las cosquillas, pero en ese instante solo era capaz de tener sensaciones muy agradables. Se metía cada uno de mis dedos de los pies en la boca y los chupaba con auténticas ganas y entusiasmo mientras se iba desnudando. El calor de sus manos primero, frotando el aceite y ahora el de su saliva sobre esa parte de mi cuerpo apenas utilizada para el placer, me estaban descubriendo un mundo de erotismo verdaderamente placentero. Yo ya tenía ganas de atacarle y pasar a la acción. Pero él seguía dedicado a mi deleite y no me dejaba actuar. Cuando hubo terminado su labor con las manos se acomodó frente a mi y pasó a colocarse mis pies entre sus piernas, y manejándolos con sorprendente destreza se masturbó con ellos. ¡Y yo allí, simplemente recreándome con el erotismo de aquella escena! Aunque lo mejor vino después. En cuanto quedó satisfecho y tras haberse aplicado una ligera capa de aceite en sus propios pies, sin moverme de mi postura, comenzó a acariciar todo mi cuerpo con ellos hasta que llegó a mi pubis y procedió a frotarlo. El sentirme espectadora de aquella sesión de placer me tenía a mil hacía ya  mucho, pero ahora estaba entrando en tal estado de agitación que me costaba controlarme. Cuando su dedo gordo del pie me penetró, yo estaba ya tan húmeda y excitada que apenas pude disfrutarlo todo lo que lo hubiera deseado y casi al instante exploté de ganas.

Tras un rato para recuperarnos le agradecí a mi estilo, pero también muy  apasionadamente, que me hubiese enseñado aquellas habilidades suyas tan gratificantes. Y ahora ya, desde este momento, tengo claro que mis pies sirven para mucho más que andar.

 

 

 

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