La exposición

La exposición de uno de los mejores amigos artistas de Amy LaBelle, para el que ha posado sin problema ni vergüenza, se puede convertir en un gran encuentro sexual.

Me insistió mucho en que fuera a verla, pero es que ese viernes me coincidió con otra cita y no pude ir a la inauguración de la exposición de mi amigo Heduardo.  Así, con hache, porque mi amigo es un artista rompedor, un gran escultor para el que he posado en algunas ocasiones y con el que, por su orientación sexual, sé que nunca habrá nada de esa índole entre nosotros. El caso es que la tarde del martes siguiente, la tuve más despejada y decidí acercarme, casi a la hora del cierre, por lo menos para poderla comentar con él sin tener que inventarme cosas raras. Las piezas estaban dispuestas en una gran sala diáfana de un centro cultural. Yo iba buscando especialmente aquella para la que mi torso desnudo había servido de modelo, en una alegoría a la diosa Venus, pero no la encontraba por ninguna parte. Tras varias vueltas le pregunté al conserje si podía haber otro espacio donde se encontrara expuesta. El susodicho era un joven adonis (por seguir con los símiles griegos) el cual amablemente me explicó que durante el montaje justo esa escultura había sufrido un pequeño percance fruto de una caída, por lo que el autor había decidido dejarla en el almacén hasta que pudiera restaurarla.

La exposición
Ilustración de Francisco José Asencio Ibáñez

Al comentarle el porqué de mi interés y viendo mi cara de decepción me sugirió amablemente que le acompañase donde estaba guardada para que al menos pudiera verla. Cerró las puertas de acceso a la sala, porque ya no era hora de visitas, y, mientras la compañera de la limpieza recogía un poco, él se dispuso a hacerme el favor.

El sitio de almacenaje estaba en una planta superior perfectamente habilitado al efecto para guardar materiales y muebles de otras exposiciones. Y allí, en una esquina, había un bulto grande cubierto con una tela blanca. La levantó con delicadeza y dejó al descubierto esa representación de mi anatomía que con tanta exactitud habían trasladado al metal las habilidosas manos de mi amigo. Por un momento, no pude evitar sentir como si mi amable conserje me desnudase a mí al retirar la tela y eso hizo que mi corazón se acelerase y mi boca empezase a salivar. Mientras deslizaba su dedo índice por uno de los fríos pezones de la escultura, me iba explicando dónde se había producido el golpe que había hecho que la retirasen. Sus ojos se movían rápidos y con avidez de los pechos de la escultura a los míos, quizás en un intento de compararlos. Deseando que aquel chico pasase a tocar algo más cálido y completamente excitada, no pude más que desabrocharme la blusa que llevaba, para mostrárselos y que comprobase por sí mismo la fidelidad de la réplica. Le cogí la mano y le invité a posar la yema de su dedo índice sobre mi pezón derecho. Aceptó de inmediato e hizo lo propio con mi mano para que la pusiera sobre su entrepierna. Se bajó la cremallera para dejar su pene erecto al descubierto que agarré al instante con menos delicadeza de la que él había demostrado conmigo y me subí la falda. Me giró y mientras me instaba a apoyarme en la representación de mis propias caderas, desplazó a un lado mi ropa interior y me penetró con ganas. Tras varios envites, que hicieron peligrar la estabilidad de la obra, tuvimos que contener nuestros gritos de placer al terminar la faena pues su compañera, a la que oíamos canturrear mientras limpiaba, se acercaba peligrosamente a nosotros. Nos recompusimos rápidamente y salimos a la calle, con cuidado de no pisar mucho lo fregado.

Nuestra despedida fueron dos besos y una frase susurrada en mi oído: “a partir de hoy miraré el arte con otros ojos.”

 

 

 

 

 

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