En el salvaje Oeste

No me pareció el mejor de los planes cuando mi amiga Elisa me lo propuso porque no me gusta alejarme muchos kilómetros sólo para un fin de semana, pero como no tenía otra cosa mejor acepté acompañarla de viaje a Almería. Y que su novio también viniese no habría supuesto ningún problema, si hubiese querido aprovechar el tiempo para descansar en la playa en lugar de ocurrírsele que asistiéramos al espectáculo del oeste que escenifican en el desierto de Tabernas. En mi cara tuvieron que notar enseguida mi poco entusiasmo en dicha actividad nada más llegar. Definitivamente la idea de estar allí plantada a pleno sol viendo como los especialistas llevaban a cabo su espectáculo de recreación de todos los tópicos de las películas del viejo oeste con todo lujo de detalles no era lo que se dice un súper plan de finde para mí. Pero a ellos les encantaba. Tanto, que no se dieron ni cuenta del momento en el que me alejé del grupo y me fui a husmear por mi cuenta cual explorador indio.

Amy en el salvaje Oeste
Ilustración de Francisco Asencio

Y en esas andaba yo, entretenida, investigando los entresijos de los decorados, tras rodear la parte trasera del “saloon”, cuando me fijé en uno de los jinetes que antes había deleitado al público con su forma de montar y que apoyado sobre la pared se terminaba un refresco con las ansias propias del que acaba de perder muchos líquidos bajo un sol de justicia. Ese aire rudo y desaliñado que vestía a aquel chico alto, de fuertes brazos, representando a la perfección el rol de forajido de la frontera despertó en mi interior un interés repentino e inesperado por la cultura del salvaje oeste. Él que se había dado cuenta rápidamente de que yo le miraba con descaro, se acercó a mí con aire pausado haciendo tintinear sus espuelas para saludarme y decirme su nombre. Estando a mi altura pude apreciar su rostro curtido y su barba incipiente de tono rubio oscuro que hacía resaltar unos fabulosos ojos claros que llamaban a gritos a la Amy más lujuriosa. En ese momento la excursión ya no me estaba pareciendo tan mala idea.

Como si por telepatía me hubiese invitado a ello agarré con presteza la pistola que llevaba colgando entre las piernas y le pregunté cuánto de rápido era capaz de desenfundar. Para mi satisfacción, sin pensárselo dos veces y tras reconocer el asentimiento y las ganas de juego en mis ojos, me cogió por la cintura y cargándome en sus hombros como unas alforjas, me llevó hasta el granero donde me tumbó sobre la paja del atrezo. Nos desnudamos a la velocidad de la luz y rápido como un relámpago me penetró con fuerza. Entusiasmada con aquel arrebato pasional de cine, y llegado mi turno, me subí encima y empecé a cabalgarlo como si de un potro salvaje se tratara. Grité y aullé como si una tribu de guerreros comanches estuviera atacando al séptimo de caballería. Cuando me cansé volvimos a cambiar posiciones se acomodó a mi espalda, y agarrando mi pelo se comportó como un búfalo lujurioso.

Así estuvimos toda la tarde dando rienda suelta a aquella pasión de película que nos tenía abducidos, hasta que el sol empezó a esconderse entre las colinas. En ese momento se levantó, se enfundó los vaqueros, se caló sus botas y dirigiéndome una pícara sonrisa mientras se colocaba el sombrero se despidió agarrando el ala del mismo con el índice y el pulgar. No le acompañé montada en la grupa de su caballo, como suelen terminar los filmes de este género, pero aun así, no pude evitar que las sintonías de Ennio Morricone resonaran en mi cabeza mientras pensaba en cómo llegar al hotel con mis amigos y lograr así volver al siglo XXI porque la última diligencia desde el desierto a la capital ya se me había escapado seguro.

 

 

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