El método tradicional

El viernes pasado me encontraba tomando unas tapas con mi amiga Julia cuando uno de los señores que estaban a nuestro lado en el bar se acercó a pedirme el servilletero.  No me había fijado en ellos para nada pero al arrimarse a nuestra mesa me llegó su olor a perfume y al levantar la cabeza encontré unos ojos azules que me miraban fijamente.  Ya entrado en años, con mucho pelo, canoso y muy atractivo llamó mi atención sobre todo la educación que mostró a continuación haciendo un comentario muy positivo sobre la cervecería en la que estábamos. Le dimos la razón y enseguida volvió con sus amigos mientras Julia y yo intentamos retomar nuestra conversación anterior. Pero fue imposible. Me había impactado su amabilidad, su aspecto y su agradable y suave aroma a sándalo.

Método tradicional
Ilustración de Francisco José Asencio Ibáñez

No era un momento en el que yo llevara en el pensamiento tener ningún tipo de relación ni de encuentro sexual fortuito con nadie, por eso y de repente, me sorprendí a mi misma sonriendo ante la posibilidad de un flirteo tradicional. En todo el tiempo que pasé con mi amiga, no pude evitar el mirar hacia la mesa de aquellos hombres varias veces y coincidir con su mirada azul un par de ocasiones. Desde su esquina él también me miraba y me sonreía con frecuencia. ¡Y llegué a ruborizarme! Tan acostumbrada a manejar estas situaciones de otras maneras, fui consciente del tiempo que hacía que no dejaba fluir de modo natural y con espontaneidad un coqueteo. Julia, que notó enseguida mi incomodidad y mi dispersión de nuestra conversación, comenzó a reírse muy divertida con mi actitud ante aquel extraño. Momento ese en el que yo aproveché para ir al baño. En mi camino de vuelta a la mesa, mi admirado admirador se levantó de nuevo de la suya e interceptó mi regreso. Me preguntó si nos importaba que se unieran a nosotras, que solo eran tres y que se aburrían un poco y nos habían visto tan interesantes y tan divertidas que se morían de ganas por charlar con nosotras. Evidentemente no pude rechazar tanta adulación, planteada desde la más absoluta cortesía y con un exquisito respeto. Y como mi interés también era muy grande, en menos que canta un gallo, estábamos los cinco conversando animadamente de temas culturales, deportivos e incluso de política sin discutir. No tendría que daros muchos detalles más para que tengáis claro cómo acabó esta historia. Pero yo sé que los detalles de cierta índole gustan y mucho. Así que os contaré que se nos hizo bastante tarde, y tras unos cafés y unas copas, mi nuevo amigo me invitó a acompañarle a su casa. Me llevó en su coche y, manteniendo siempre unos modales impecables salpicados constantemente de halagos, al entrar en su piso me desnudó con la misma dedicación y amabilidad de la que había hecho gala desde el principio. Y tengo que decir que disfruté muchísimo de sus atenciones y su método tradicional para el amor.

Generoso hasta el extremo con mi placer y mi bienestar supo estar a la altura de la película que mi imaginación se había ido montando mientras nos besábamos en el ascensor. Al terminar, entre más besos y mil caricias, me rogó que me quedase a dormir, y a la mañana siguiente cuando desperté, ya tenía el desayuno preparado en la mesita del salón junto a un fabuloso ramo de rosas. Entre sus buenos días y mi satisfacción por el recuerdo reciente de la noche vivida, se vino a mi cabeza aquella canción de hace muchos años ya que decía algo así como: “yo soy de esos amantes a la antigua, que suelen todavía mandar flores…”, y con mi mejor sonrisa de agradecimiento y encantada de haberle conocido, me dispuse a aprovechar aquellas tradiciones un poquito más.

 

 

 

 

 

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