Las cosas bien hechas

Hacer las cosas bien hechas supone también una gran satisfacción personal. Hay situaciones que, cuando llegan, deben ser rematadas.

La primera vez que aflojé su cinturón y desabroché sus pantalones, y aquel enorme  miembro erecto se abalanzó sobre mí, no pude más que gritar. Solté un enorme grito de alegría y una palabra malsonante antes de que mi boca ya no pudiera vocalizar. ¡Que sí, que sí, que el tamaño no importa! O, mejor dicho, que no es lo más importante. Pero cuando todo se alinea y a unos buenos preliminares les acompañan un cuerpazo en el que todo encaja a la perfección, el sexo se convierte en  algo estupendo.

Ilustración de Francisco José Asencio Ibáñez.

En las ocasiones siguientes, la sorpresa ya nunca ha sido la misma, pero reconozco que la alegría siempre ha estado ahí. De hecho cada vez que quedamos y por cualquier situación erótica que surge entre nosotros noto como sus ganas crecen y se quedan aprisionadas en los vaqueros, me apresuro a buscar un rincón apartado de los ojos de la gente y procuro liberarlas sin darle alternativas. Con el tiempo, esto se ha convertido ya en un juego entre nosotros, y mi amigo lo busca y lo disfruta tanto como yo. Porque sabe que a mi me entusiasma esa enormidad tan bien llevada en su persona.

Ni que decir tiene que cuando te encuentras con una pareja de esas características debes estar siempre bien lubricada, ya que no se trata de sufrir sino de disfrutar. Y como todos los días no lo estamos del mismo modo,  aunque la excitación sea inmensa, yo suelo llevar en el bolso, además de cómo ya sabéis algún juguetito sexual que otro, un par de pequeños botes de lubricantes de sabores o sobrecitos de muestras. Así, si me pilla la efervescencia fuera de juego, enseguida puedo estar preparada y entrar en situación rápidamente para resolver el asunto y no quedarme con las ganas.

La última vez que nos pasó, estábamos en casa de unos amigos. Nos habían invitado a un cumpleaños y mi chico y yo nos divertíamos charlando con todos sentados en el sofá, cuando la conversación general empezó a subir de tono. De vez en cuando yo le iba haciendo comentarios más personalizados, digamos, y antes de que pudiera controlarse, su miembro se endureció y creció tanto que en su rostro comenzó a apreciarse la incomodidad. Los pitillos que llevaba aquel día no iban a resultarle de ninguna ayuda en la tarea de disimular su arrebato, y ni siquiera la idea de apoyar  en su regazo la fría copa de cerveza que sujetaba con las dos manos le estaba funcionando. Decidí ayudarle levantándome para ir al baño y él, disculpándose ante su contertulio, y entendiendo mi movimiento, se levantó tras de mi. En un segundo nos habíamos metido los dos en el baño echando el pestillo. Le empujé contra la pared y agachándome para bajarle los pantalones, rematé la faena con la boca sin más explicaciones. Yo muchas veces tengo fabulosos orgasmos cuando estoy en estas ocupaciones pero hago poco ruido. Lo malo es que mi amigo, cuando está tan entusiasmado no sabe controlar sus gemidos y a los cinco minutos ya sonaban los puñetazos en la puerta, y las risas y los gritos de censura al otro lado.

– Pero, ¿qué demonios pasa ahí dentro? ¡Que os estamos escuchando!  ¿Acaso no podéis esperar a llegar a casa?

Pues no, algunas veces no se puede, pero es que además, yo creo que la mayoría de las veces es mejor no esperar. ¿Para qué? ¿Para que se pasen las ganas? Si es que… cuando el amor llega así de esta manera, ¡una no tiene la culpa!

 

 

 

 

 

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