Efectivamente ninguna de las cosas que me ha incomodado siempre de los campings había cambiado muchísimo desde que dejé de hacer este tipo de turismo en la adolescencia. No lo puedo evitar. Hay quien lo disfruta, pero mi cuerpo está hecho para otras situaciones más confortables. Pero como mi amiga Laura ya me había convencido para las vacaciones casi con la promesa de tener sexo seguro con su primo Ricardo, no me había podido negar.
No había conseguido encontrar en los últimos años la oportunidad de ligármelo, entre otros motivos porque tenía una novia espectacular con la que hasta yo querría haber tenido algo. Sin embargo, ella le había abandonado hacia unos meses y parecía que Ricardo necesitaba consuelo carnal. Sin obviar además que seguía con ese físico fabuloso, regalo de la naturaleza, aderezado con los extras del gimnasio diario.
Cuando por fin ocurrió y llegó el momento de meternos en faena dentro de la tienda de campaña estuve a punto de hacerle cambiar de opinión para irnos a los aseos, pero la fogosidad de sus besos, esas manos grandes que me enganchaban el culo con ansias y mi curiosidad por descubrir si todo lo que abultaba en su entrepierna era natural, no me dieron tiempo a nada. Y ahora mismo no sería capaz de decir si el sitio me resultó muy incómodo o no, porque sólo tengo el recuerdo de estar allí tumbada, desnuda, disfrutando de orgasmos de distintas intensidades y duración, sin ninguna prisa por irme. Por descontado que nos debieron oír todos los turistas de alrededor, aunque diré en mi descargo, que no éramos los únicos, ya que las noches de buen tiempo primaveral animan mucho al amor.
Sudamos más que en un runner principiante en una media maratón, pero tampoco recuerdo que eso me molestase en absoluto. Lo que no voy a olvidar es a Ricardo follándome con insistencia, relatando cuánto le gustaba todo lo que sentía conmigo, y sobre todo, como después del primer polvazo, se quedó dentro de mí moviéndose lentamente mientras me abrazaba. En un principio pensé que simplemente se estaba poniendo cariñoso porque no se despegaba y seguía encima balanceándose. Sin embargo, y sin dejar de hacerlo, comenzó a susurrarme lo bien que lo estaba pasando, cuánto le había gustado yo siempre y muchas otras cosas que ahora no voy a repetir, pero que a mí me pusieron de nuevo a cien. Aunque lo mejor vino cuando él, que seguía con su enorme miembro aún en mi interior, recuperó su vigor estupendamente sin haberlo sacado en ningún momento y me embistió de nuevo con toda su energía renovada. Decía que a él el camping le motivaba mucho sexualmente y que el campo le cargaba las pilas.
No volveré a repetir que a mí no me gusta el turismo de tienda de campaña. Es algo muy sano y económico. En medio de la naturaleza se respira mejor, se hacen muchas amistades y, sobre todo, si hay hombres a los que les sienta así de bien, no seré yo la que se lo pierda.
2 comments
Sexo en un camping. No podía faltar. Y la experiencia lo demuestra.
Lo que nunca he podido entender es qué los hombres se queden dormidos después de lograr el orgasmo.
Es como….objetivo conseguido!. A descansar.
Un excitante artículo.
Felicidades!!
Querida Carla…
Cuestión de hormonas… ¡Un día hablaremos de ello!
¡¡Besos!!